Bienvenidas sean, gentes de
La Codosera
y de más allá de este bendito lugar

 

   La Codosera es un pueblo rico en tradiciones milenarias, cuyos orígenes y significado en la mayoría de los casos, son poco conocidas.

   La festividad de San Juan es una fiesta que se celebra en uno de los barrios del pueblo porque así lo han querido sus vecinos.

   Otra de las particularidades de esta fecha actualmente, la protagonizan los jóvenes con el agua. Recordando a los ritos paganos, cuyo texto nos ha sido facilitado por Alonso Rubio y que podéis leer a continuación, la Noche de San Juan es la noche del agua y del fuego, una tradición que han querido mantener la gente joven sacando los cubos llenos a la calle y echársela encima al primero que pase por la puerta. Una fiesta de risa, de jolgorio y de cabreos, que es lo que sienten algunos de los transeúntes que no están conformes con que los refresquen por la noche.

Agua

Fuego

   "Es la Noche de San Juan, junto con la Nochebuena, las noches  del año cargadas de mayor significado. En ambos casos se trata de celebraciones de origen pagano, relacionadas con la observación astronómica, desde muy antiguo. Los solsticios, el de invierno y el de verano, marcaban en la Antigüedad momentos de especial importancia y coincidiendo con ellos se celebraban ritos de muy distinto significado que con el tiempo, por su innegable sentido pagano, fueron cristianizados aunque no perdieron en su totalidad el valor original. La Nochebuena actual es el resultado de la cristianización de la festividad del Deo Solis Invicto, momento en el cual el Sol, sometido por las sombras y el frío del invierno, renace y cobra vida de nuevo.

   En el caso de la Noche de San Juan ocurre algo similar, cristianizándose los cultos paganos vigentes durante miles de años. Su sentido original, ligado al Solsticio de verano, es decir, el momento del año en el que el Sol permanece durante mayor tiempo sobre el firmamento, constituyó un motivo de cultos muy arraigados. Tradicionalmente estos cultos llevaban aparejados el uso de elementos opuestos tales como el agua y el fuego, ligados a ritos de fecundidad y purificación.

   Si bien en el pueblo el fuego no tuvo un papel protagonista (posiblemente, como ocurre en otras zonas, por el peligro que suponía encender hogueras coincidiendo con la época de la cosecha, que hubiera podido ocasionar incendios), si lo ha tenido, desde siempre, el agua, más en una zona, como la nuestra, en la que se documenta el culto a las aguas desde, al menos, el siglo I d.C.

   Los ritos unos eran de carácter petitorio para lograr de los dioses que sus cosechas fuesen abundantes, para que garantizaran evitar las épocas de hambre, y otras tuvieron una importancia singular al tratarse de ritos de origen céltico, consistente en una ofrenda de carácter vegetal, y con clarísimo significado de fertilidad, llamada la Enramá, que los mozos hacían a sus novias. Se perdió esta tradición hace ya muchos años en La Codosera, pero existe constancia de su celebración en la época de nuestros abuelos.

   En La Codosera se tiene a San Juan como su santo patrón, y por tal motivo, desde sus comienzos cristianos, terminada la Reconquista, cada año y en su honor por el 24 de Junio, se celebraba la feria. Después vino la Guerra Civil y el pueblo tenía ganas de olvidar sus penas y la feria creció. La antigua plaza del Ayuntamiento se quedó pequeña y el alcalde de entonces, Agustín Costo, buscó otro lugar, la plaza de la Fuente, bajo cuyos árboles frondosos, se trasladó, y también la fecha se cambió. Junio era un mes donde los labradores y ganaderos  todavía no habían hecho caja, pues las cosechas aún reverdecían en los campos y el ganado, con pocas carnes, todavía no estaba para venderlo. Agosto fue el mes elegido, la última semana, por San Agustín. Como en la iglesia no había esta imagen, se compró, porque los tiempos determinaban que no podía haber fiestas sin procesión. Después llegó el fenómeno de la emigración y casi la mitad de las familias se fueron. Pero pasaron unos años y de nuevo volvieron. Esta vez de vacaciones. Bien arreglados, lustrosos y muchos de ellos con sus vehículos en propiedad y sobre todo con dinero, que gustosamente se gastaban en bares y establecimiento. Los industriales se dieron cuenta y pidieron al Ayuntamiento cambiar la fecha de la feria. Los últimos días de agosto muchos de ellos ya se habían marchado de vuelta a su trabajo, y así fue como se consensuó que la feria había que celebrarla en el segundo fin de semana del mes de Agosto.

   La Noche de San Juan, la NOCHE DE LOS PRODIGIOS, hasta hace no muchos años, tuvo en el pueblo un significado e importancia muy grandes. Aquel día, al caer la noche, algunos lugares cobraban especial significado, hasta el punto de convertirse en centros de concurrencia de personas de diferentes edades. Esto ocurría en los alrededores de las fuentes donde la vegetación abundaba y las mimbreras florecían. La del Potril, la de Arriba, la de Barroco, la Tojera, Bacoco, La Rabaza, La Vega, la Burranchona y otras muchas, cobraban protagonismo.

   Cuando apenas la cirugía era conocida en España, las madres con niños herniados utilizaron ritos para tratar de sanar a sus bebés, cuya antigüedad en el tiempo desconocemos. Dicen que la Luna de San Juan es una de las que más alumbra, aunque para los niños estaba vetado que sus ojos la vieran, quizás por ser mágica, por mil historias que se contaban, algunas de las cuales hablaban que se llevaba a los más pequeños, que las madres protegían con amuletos para que no se los arrebatara.

   De la cantidad de fuentes que siempre en el pueblo hubo, había tres con mimbreras cercanas a las que la tradición popular siempre le atribuyó un especial sentido milagrero relacionado con la Noche de San Juan. Las tres estaban situadas en huertas privadas, cuyo paso para el público, los dueños cedían gustosamente. Estas fueron, la que había en uno de los extremos de lo que antiguamente era conocido como "Corralón de los Brígidos" (junto a la antigua Calleja de los Nogales), otra existente en la Calleja que daba acceso a la tapada de las Huertas (que parte de la esquina donde hoy se ubica la Churrería de Fareo) y otra que estaba entre la Huerta de Barroco y la fuente de Arriba, cerca del Castillo. Algunas de estas sensaciones debieron de sentir las personas que en grupos no muy numerosos, a media noche,  emprendían el camino de las huertas buscando el preciado líquido. Los padres de un niño pequeño acompañados de una pareja de jóvenes conocidos del pueblo, obligatoriamente, uno llamado Juan y la otra  María, mezclaban creencias y religiosidad en un rito, poniendo a San Juan por testigo, para lograr que el bebé curase de la hernia que padecía. El silencio de la noche roto por los sonidos de libélulas en libertad, un cielo estrellado y el ¡crack! de una vara de mimbre que se parte, mientras el agua correteaba laderas abajo de la huerta. Atar, rezar y callar. Usar el silencio como cómplice de este rito y volver a casa. La vara rota se empalmaba de nuevo y se esperaba que, pasado cierto tiempo y, para que el niño sanara, era necesario que en la rama rota, brotase un nuevo tallo. En caso contrario, si se secaba, el niño seguía herniado."

Según los trabajos de investigación publicados por los escritores, Alonso Rubio y José Luis Olmo

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